Los libros no tienen edad, los escritores sí

La edad significa tanto para el talento literario como la longitud de los pies. Tolstoi tenía un 36 y Thomas Wolfe un 45, y los dos eran grandes escritores. No hay relación. Lo mismo se puede decir de la edad. Lautreamont escribió sus «Cantos de Maldoror» en la adolescencia, como Rimbaud y su «Una temporada en el infierno». Lo mismo se puede decir de Mary Shelley, S. E. Hinton, Bret Easton Ellis, Stephen Crane, y un larguísimo etcétera. Asimismo, José Saramago sólo tardó 16 años de carrera literaria en ganar un Premio Nobel, todo un récord Guiness. Y no porque lo ganara a los 30. Empezó a publicar con 63 años. La edad no importa a la hora de establecer vínculo alguno con la calidad literaria.

En la actualidad, cualquier escritor en sus 30 años es reconocido como joven promesa. martin Amis solía bromear que le encantaba el trabajo de escritor porque uno era joven incluso con 45 años. Por su parte, un colega de generación, Kazuo Ishiguro, aseguró que «Hay algo muy confuso al tratar a los escritores de 30 años como promesas, cuando en realidad la historia nos dice que están en su apogeo». ¿En serio, los 30 son el pico del talento literario? Hay bastantes pruebas. Toltoi, a pesar de tener un 36 de pie, empezó a los 34 a escribir «Guerra y Paz». Melville tenía 32 con «Moby Dick», los mismos que Faulkner cuando terminó «El ruído y la furia».

Los libros no tienen edad, pero los escritores sí, y hay que celebrarla, porque cada edad permite revestir sus obras de diferente sentido y profundidad. Philip Roth no es el mismo de «El lamento de Portnoy», con a penas 30 años, que en los últimos años, que ha redimensionado su figura. O Saul Bellow, que ya era genial con «Las aventuras de Augie March», pero que era dos veces genial con «Herzog», escrito dos décadas después. «Los escritores no son académicos, sino atletas que a partir de los treinta empiezan a engordar su barrida de cerveza», bromeaba John Updike.

Los ejemplos de grandes escritores que empezaron su carrera bien entrada su madurez descalifica definitivamente cualquier tentación de equiparar talento y ambición literaria con edad. Bram Stoker, por ejemplo, no publicó su primer libro hasta los 43 años y no fue hasta los 50 que se convirtió en inmortal con «Drácula».

A veces hay causas de fuerza mayor que te obligan a replantearte tu carrera y decidirte a probar tu viejo sueño. Raymond Chandler se quedó sin trabajo como ejecutivo de una compañía petrolera durante la Gran Depresión y decidió que no se deprimiría por eso. Empezó a escribir historias de detectives y después de unos años publicando en revistas, a los 44 las librerías veían su primera novela, «El sueño eterno». No está mal como debut.

A veces uno tiene una vida demasiado intensa para parar y ponerse a escribir. Muchos recomiendan «vivir primero, escribir después» para que lo que uno ponga en un libro tenga algún interés. El marqués de Sade vivía a la par de su leyenda. A los 47, encarcelado en la Bastilla por depravación, hizo de la depravación un estilo literario y se convirtió en inmortal.

Muchos trabajan en mil y un oficios antes de decidirse a escribir. Sherwood Anderson publicó a los 43 su obra maestro, «Winesburg, Ohio», una vez volvió a su pequeño pueblo después de fracasar en el mundo de la publicidad en Chicago. En su vida trabajó como repartidor de periódicos, agente de carreras de galgos, administrativo en un taller de pintura, todo apasionante, al menos lo suficiente para crear en su madurez historias memorables.

Lo mismo le pasó a otro de los «depravados», Charles Bukowski, que fue, antes que un bebedor profesional, cartero y mil cosas más. La escritura siempre había circulado por su sangre y a los 24 ya había publicado algunas historias en revistas. Sin embargo, pronto se cansó de ese mundo y durante más de diez años no escribió una línea en sus llamados «años perdidos». No fue hasta los 51 años que dejó su trabajo como cartero cuando se publicó su primera novela. ¿Cómo se llamaba? «Cartero», por supuesto.

Viejos y niños

La literatura infantil está repleta de «viejos» con mucho que decir a los más pequeños. El mismísimo Charles Perrault, inventor de «El gato con botas», publicó a los 55 años su «Cuentos de mamá ganso», lo que le convertiría en icono de los cuentos de hadas. Secretario, bibliotecario y aburrido representante de la burguesía francesa del siglo XIX, antes había escrito mucho, pero más mala poesía y estudios académicos de derecho. ¿Qué le impulsó a dar el salto? Los niños son los únicos capaces de dar imaginación a los seres grises. Otro clásico de la literatura juvenil inglesa inauguró su carrera de escritores muy veteranos. Richard Adams, autor de «La colina de Watership», sólo escribía como hobby, hasta que su hija la obligó a dejarse de tonterías, publicar y olvidarse de cualquier cosa que no fuese escribir. Ya había sobrepasado los 50 cuando el mundo conoció su obra maestra, «La colina de Watership».

En realidad, la lista es infinita. Madeleine L’Engle tenía 43 cuando publicó «Las arrugas del tiempo; Ian Fleming tenía 44 cuando escribió «Casino Royale»; Daniel Dafoe era un viejo de 59 años cuando publicó «Robinson Crusoe»; Más vieja todavía era Penelope Fitzgerald, con 61 años, o Sam Savage, con 65 y la palma se la lleva Frank McCourt, con 66.

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